lunes, 4 de febrero de 2013

De un suelo con hambre.

El primero en dormir en el piso fui yo. Llámalo, suerte, llámalo recuperaciones de primero, llámalo X, pero me tuve que quedar tres o cuatro días en el piso solo. Más solo que la una. No teníamos ni tele ni internet. Por no tener, no teníamos ni el contrato en vigor (pero el casero, muy amable por su parte, me dejó alojarme allí entre tanto).

De esas que acabo de estudiar tras un buen rato, y decido hacerme la cena. Después de rebuscar en la despensa, vi que había pasta y nata. Poco más. Muy poco más.

Decidí, ni corto ni perezoso, llevarme a la boca la única alegría de esos días: unos espaghettis a la carbonara (espaghettis con nata, en realidad).

Me llevé un buen rato en la cocina haciéndolos en soledad, con la única compañía de mis cantos y bailes cocineros. Estaba contento porque iba a comer algo bueno, cosa que llevaba sin hacer unos días porque siempre he sido bastante vago para bajar a hacer la compra.

Terminé de preparar mi maravilloso manjar y me dispuse a sentarme en el sofá para comer en la mesita pequeña, mientras veía una película descargarda comprada en el ordenador.

Lo que ocurrió después fue algo que me quitó las ganas de todo: Mi maravillosa cena fue a parar al suelo. Sin más preámbulo ni explicación. Avisándome de ello un estrepitoso sonido de un plato roto...

Por supuesto, eché una foto porque sabía que algún día lejano esa anécdota tendría gracia (y hoy ha llegado ese día):


Ya no canté tanto cuanto me tocó hacerme a la idea de que esa noche no cenaba mientras fregaba el suelo a base de fregonazos. Vaya hombre, aún me pesa. Será que el suelo tendría hambre.


Un saludo!

No hay comentarios:

Publicar un comentario